sábado, 25 de abril de 2015

Memorias de campaña por Sergent Lavaux

Reproducimos una adaptación de las memorias de campaña de uno de los soldados franceses que pasaron por Algodonales en angustiosos días de guerra, François Lavaux. Con su testimonio podemos hacernos una idea de cómo fue el asalto a la Villa en 1810.



Regresamos una vez más a Sevilla, donde aguardamos algunos meses en guarnición. Entonces nos fuimos camino de Málaga y Granada y, sobre todo, hacia las montañas de Ronda. Fuimos a atacar a los guerrilleros a un pequeño pueblo donde estaban atrincherados. En el primer ataque, perdimos 24 voltigeurs. Hemos sido capaces de volver a entrar en el pueblo, pero tuvimos que dejarlo porque los bandidos se habían retirado a las casas, y nos disparaban desde las ventanas.

El general nos emplazó en los jardines. Nos ordenó que no escatimásemos en nadie, ni mujeres ni niños ¡Tendrías que haber visto que horrible carnicería hicimos!

La mayor parte de los habitantes allí estaban escondidos, y en mi caminar, es decir, en la posición donde yo estaba situado, encontré varias señoras y señoritas a quienes, por piedad, les conservé la vida. Pero otros voltigeurs que llegaron después de mi, las pasaron a todas por el filo de la bayoneta.

Más lejos, yo había encontrado otras que ocultaban a sus maridos; ellas se acostaban en el suelo con sus hombres debajo. Me dí cuenta que ellas ocultaban algo; les ordené que se levantaran; ellas se negaron. Les presenté el cañón de mi fusil fingiendo querer matarlas; me pidieron perdón tan lastimosamente que no pude rechazarlo. La mayoría de mis camaradas quienes también perseguían a los guerrilleros, me dijeron:

         - “¿Qué estás haciendo ahí?
         - nada, le respondí-.
         - Creo que hay algo escondido; 
         - No nos lo quieres decir. Déjame ver”.

Ellos descubrieron a los desgraciados que continuaban acostados y, sin piedad, les arrastraron por las piernas. Luego vinieron hombres que tenían aún sus fusiles entre sus brazos. No tuvieron mucho tiempo de vida. Todos fueron pasados al filo de la bayoneta.

“No hay que tener piedad de estos guerrilleros -me dijeron mis compañeros- Ellos fingen pedirnos perdón, y luego te matan en cuanto pueden”.

Más lejos, entré en un cobertizo de huerta donde encontré más de 150 mujeres, niñas y niños; pero no le hicimos ningún daño, al no haber hombres con ellas.

Finalmente se logró entrar en el pueblo. Quemamos, masacramos todo lo que encontramos. Las mujeres disparaban por las ventanas, otras llevaban cartuchos a sus maridos.
2 de mayo Algodonales


El espectáculo más conmovedor que yo he visto fue en un molino. Había 18 personas muertas en el patio. Se veía un pequeño niño de 3 o 4 años tumbado sobre los brazos de su madre, que había recibido múltiples bayonetazos y estaba muerta. El niño no lloraba nada y no quería que lo separásemos de su madre.

Es imposible contar todas las atrocidades que hicimos en estas montañas. Estas harían temblar a los más audaces. Prefiriría dejarlo así. Sin embargo, me gustaría continuar con este relato.

El jefe de los guerrilleros se había atrincherado en una gran casa en la plaza. Nos decidimos a atacarle, pero nadie podía aproximarse sin exponerse a estar herido o a la muerte, porque había fuego y llamas por todas partes.

Decidimos prender fuego a la casa. Nuestro coronel hizo que trajeran estopas en cantidad con madera bien seca. Nos deslizamos a lo largo de la pared y logramos aproximarnos a la fortaleza. Lanzamos sobre los balcones todas estas estopas y maderas, y le prendimos fuego. La llama prendió las puertas y ventanas, y penetró en la casa que rápidamente entró en llamas. El fuego prendió una tienda de aceite, y se produjo un incendio que devoró enseguida una parte del pueblo. Ahí había 40 guerrilleros. A pesar de estar a punto de perecer, ellos no quisieron rendirse. 

Algunos se arrojaron de lo alto de ventanas y balcones. Les disparamos inmediatamente. El jefe quedó encerrado con toda su familia. La casa estaba casi entera quemada, y no pensaba en rendirse. Todos estaban ocultos en un montón de grano para no ser asfixiados por el humo. Finalmente fue insostenible, porque aquello era como un infierno. La hija del bandolero apareció sobre el balcón, agitando un pañuelo blanco en signo de rendición. Aceptamos la rendición.

Esta niña había ya aparecido una vez antes de la rendición; había recibido una bala en su pecho derecho. Su madre apareció también desde el balcón, y de un golpe de fusil mató a un soldado de los nuestros. Recibió inmediatamente una bala de los soldados escondidos sobre los tejados de las casas; cayó del balcón y fue rematada a golpe de bayoneta.

El primero que apareció después de la rendición y que vino a pedir EL PERDÓN fue el hijo del guerrillero. Preguntó dónde estaba su hermana y si ella no había sufrido ningún mal. Le dijimos que no, que sólo había sido herida ligeramente. “En cuanto a mi padre –dijo- no me importa mucho”.

El jefe de los guerrilleros llegó a su vez. Lo cogimos y lo condujimos a Sevilla.

¡Ya no he vuelto a oír nada al respecto!

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